Categorías
Anécdotas Artículos Aviación militar

Belle Isle

“El océano esconde secretos que la mente humana jamás podrá comprender. Uno de ellos es el abismo donde el espacio y el tiempo se distorsionan”.

Masami Kurumada.

A un mes del devastador paso del huracán de 1934 por Centroamérica —conocido históricamente como el “Temporalón”—, el Cuerpo de la Aviación Salvadoreña mantenía operaciones continuas de reconocimiento, transporte de correspondencia y distribución de insumos de primera necesidad dentro del territorio nacional. Durante un vuelo de patrullaje sobre el litoral del Pacífico, un piloto se enfocó en un punto distante cerca de la costa. Al aproximarse confirmó la presencia de una embarcación a la deriva con el casco fuertemente escorado, localizada en las proximidades de la desembocadura del río Lempa.

Imagen 1. Posible vista durante la detección del naufragio (F/A)

Tras aterrizar en el aeropuerto de Ilopango e informar del hallazgo, las autoridades sospecharon que podría tratarse de una embarcación desaparecida que había realizado una llamada de auxilio en aguas costarricenses el lunes 25 de junio. Este barco ya estaba siendo buscado por naciones vecinas, pero las corrientes marinas podrían haberlo arrastrado cientos de kilómetros hacia el norte.

Sin embargo, en una época donde las aeronaves del Cuerpo de Aviación carecían de comunicación por radio para fijar la posición exacta de un objetivo, el tiempo jugó a favor del mar. Para cuando se coordinaron los esfuerzos de búsqueda aérea y marítima basándose en el reporte del piloto, la embarcación había desaparecido, dejando un misterioso enigma que a la fecha no ha sido posible resolver, el nombre de la embarcación: Belle Isle.

* * *

El Belle Isle era un robusto atunero de madera de 105 pies (32 metros) de eslora y 169 toneladas de arqueo bruto. Impulsado por un motor diésel Western Enterprise de 350 HP, fue diseñado especialmente para largas travesías de pesca en altamar en el Pacífico Oriental desde los puertos del sur de California, el barco entró en servicio el lunes 21 de julio de 1930 con un valor estimado de $75,000 dólares (equivalentes a $1.87 millones de dólares en la actualidad).

La embarcación zarpó de Long Beach, California, bajo el mando de su capitán y propietario John Gabelich, un experimentado marino de origen croata, el domingo 10 de junio de 1934. Iba tripulada por doce pescadores experimentados con el objetivo de realizar una campaña de cuatro meses en aguas del Pacífico suramericano, cerca de las islas Galápagos. Sin embargo, su último contacto radial se registró apenas dos semanas después, el lunes 25 de junio, mientras navegaba en el mar territorial de Costa Rica.

Imagen 2. Belle Isle (Barbara Healy Stickel vía F/A)

* * *

Existe un dicho que asegura que en todo evento conviven tres versiones: la de una parte, la de su contraparte y la verdad absoluta. En la reconstrucción histórica del enigma del Belle Isle, la búsqueda de esa realidad definitiva tropieza con un entramado de registros de prensa y oficiales que en más de una forma se contradicen. Para comprender el origen de estas discrepancias, es necesario analizar el contexto de las telecomunicaciones de la época en El Salvador.

En 1934, el país disponía únicamente de dos estaciones de radio con capacidad de transmisión hacia el extranjero: la Radiodifusora Nacional propiedad del estado y la estación de telecomunicaciones de la aerolínea estadounidense Pan American Airways (PAA), instalada en el aeropuerto de Ilopango para el apoyo de la aviación comercial. Al no existir canales directos o agencias con corresponsales permanentes interconectados en tiempo real, las noticias locales sufrían un complejo proceso de retransmisión. Los despachos de prensa eran codificados manualmente y enviados en clave Morse vía cablegrama o radiotelegrafía. En las estaciones receptoras en el extranjero, estos impulsos debían ser transcritos e interpretados de nuevo por un operador para armar la noticia, un método propenso a errores humanos de digitación, fallas tipográficas o distorsiones en los nombres, coordenadas y fechas de los acontecimientos.

A la fecha de la publicación del presente artículo, la primera noticia internacional con la que el equipo de Flotilla-Aérea cuenta acerca del extravío del Belle Isle se remonta al jueves 26 de julio de 1934, en la que se destaca la creciente preocupación en los puertos californianos por la seguridad de los doce tripulantes, luego de que embarcaciones reportaran un fuerte temporal frente a México. La nota detalla la falta de contacto tras zarpar el sábado 9 de junio, un avistamiento no confirmado cerca de México a finales de ese mismo mes, posibles dificultades técnicas con la radio, la solicitud de ayuda a la Armada de los Estados Unidos (US Navy) por parte de la familia del capitán John Gabelich y la especulación de un posible desvío hacia las islas Galápagos.

Imagen 3. Concern Felt for Missing Fishermen (LAT 26JUL1934 vía F/A)

El viernes 3 de agosto se informaba que la US Navy había puesto a disposición recursos militares para la localización del atunero. Bajo las instrucciones directas del Subsecretario de la Marina, Henry L. Roosevelt, se ordenó a dos buques de guerra y a un escuadrón de vuelo destacado en Costa Rica unirse a las operaciones de rastreo. Las embarcaciones comisionadas para desviar su rumbo original mientras navegaban desde la costa oeste hacia la Zona del Canal de Panamá fueron el acorazado USS Arizona (BB-39) y el crucero USS New Orleans II (CA-32), los cuales recibieron las directrices vía radio para buscar indicios del atunero con bandera estadounidense. La solicitud formal de intervención militar fue gestionada por Clara Gabelich, hermana del capitán de la nave, detallando que el Belle Isle contaba únicamente con provisiones de alimento y agua calculadas para un período de 40 días.

Imagen 4. Acorazado USS Arizona (BB-39) y crucero USS New Orleans II (CA-32) (michaelconfoy / history.navy.mil vía F/A)

Para el miércoles 8 de agosto, los despachos internacionales basados en el testimonio de Clara Gabelich – hermana del capitán – indicaban que el Belle Isle habría encallado en un arrecife situado a 60 millas al norte de La Unión, El Salvador, detallando que únicamente sus mástiles permanecían visibles y que se habían localizado cuerpos en las playas cercanas. Este reporte presentaba severas inconsistencias geográficas al situar el supuesto naufragio en un cuadrante que corresponde a tierra firme, además de evidenciar una confusión técnica respecto al tipo de embarcación.

Dicho informe contenía elementos notablemente similares a una noticia difundida el lunes 11 de junio de 1934, fundamentada en las observaciones de L.C. Calloway, gerente de estación de PAA en el aeropuerto de Ilopango. Al fungir como responsable directo de los despachos informativos emitidos al exterior a través de la radio estación YSX, Calloway había abordado como observador una aeronave del Cuerpo de la Aviación Salvadoreña la tarde del domingo 10 de junio para evaluar la devastación del «Temporalón». Su informe extraoficial describió el avistamiento en el cauce del río Lempa —y no en mar abierto— de los restos de una barcaza fluvial que sobresalían del agua, rodeada de víctimas flotando a la deriva (te podría interesar: https://flotilla-aerea.com/2026/06/01/el-temporalon-de-1934/).

Imagen 5. Ubicación geográfica de un punto a 60 millas al norte de La Unión (F/A)

Mientras el misterio aumentaba, el sábado 11 de agosto se informaba que el Departamento de Estado de los Estados Unidos, había ordenado a sus legaciones en Centroamérica coordinar la búsqueda del Belle Isle.

* * *

En la década de 1930, las representaciones diplomáticas de un país en el extranjero no siempre se llamaban embajadas. En el caso de los Estados Unidos, las sedes oficiales recibían el nombre de legaciones. Por lo tanto, cuando los registros de la época mencionan que se activaron sus legaciones, significa que se ordenó a sus misiones diplomáticas establecidas en la región coordinar con urgencia el apoyo de búsqueda con las autoridades de cada país vecino.

* * *

Coincidentemente, ese mismo sábado 11, The New York Times publicaba una noticia contradictoria fechada en San Salvador que sugería que el navío ya se había hundido en el litoral salvadoreño. La nota se basaba en un informe del Capitán Juan Ramón Munés, jefe del Cuerpo de Aviación Militar, quien afirmaba haber avistado una pequeña embarcación volcándose en una entrada cercana a la desembocadura del río Lempa durante un vuelo de inspección realizado «alrededor del 10 de junio». El reporte añadía que pobladores de la zona habían sepultado en esa misma fecha varios cuerpos no identificados en la playa.

Imagen 6. Vuelo del capitán Juan Ramón Munes (NYT vía F/A)

A partir de un riguroso análisis, esta última hipótesis del hundimiento a principios de junio en El Salvador pierde todo sustento técnico. Un atunero de las especificaciones del Belle Isle, impulsado por su motor de 350 HP, promediaba una velocidad de crucero de 9 nudos. Considerando que la distancia náutica entre los puertos de California y la desembocadura del río Lempa supera las 2,300 millas, a la embarcación le habría tomado un mínimo de 10 a 11 días de navegación ininterrumpida alcanzar el litoral salvadoreño. Por consiguiente, tomando como referencia su última posición verificada frente a Costa Rica el lunes 25 de junio —a poco más de 300 millas náuticas de nuestro país— y asumiendo que las corrientes del «Temporalón» lo hubiesen arrastrado con rumbo norte tras quedar a la deriva, el Belle Isle habría cruzado frente a la costa salvadoreña, en el escenario más temprano, entre el jueves 28 y el sábado 30 de junio de 1934.

A pesar del esfuerzo diplomático y la movilización de unidades de reconocimiento en el Pacífico, los rastreos no rindieron los frutos esperados. El viernes 17 de agosto, la US Navy determinó abandonar de forma definitiva la búsqueda del atunero Belle Isle, al no encontrar indicios que permitieran fijar su paradero tras semanas de patrullaje en aguas centroamericanas.

En California, las familias de los marineros se negaron a aceptar la pérdida; sostenían la firme esperanza de que los doce hombres continuaban con vida, refugiados en alguna isla deshabitada del Pacífico. Ante esta convicción, la hermana del capitán John Gabelich y el hermano de Clyde Ware —jefe de máquinas de la embarcación— comenzaron a organizar una expedición privada de rescate. Con el respaldo económico de amigos y allegados, planificaron el financiamiento de un navío para emprender un rastreo independiente desde la costa occidental de México hacia el sur.

Tras la suspensión oficial de la búsqueda, el misterio del Belle Isle se trasladó de las aguas del Pacífico a los tribunales de California, desatando un extenuante proceso legal que se prolongó por seis años. En junio de 1935, las viudas de seis de los pescadores interpusieron demandas por un total de 120,000 dólares (unos $2.91 millones de dólares actuales) contra la French Sardine Company y el patrimonio del fallecido capitán John Gabelich, bajo el argumento de que el navío zarpó sin las condiciones de navegabilidad adecuadas. No obstante, las corporaciones eludieron la responsabilidad mediante tecnicismos legales y en marzo de 1938, el Tribunal Superior de Los Ángeles desestimó el caso tras dictaminarse que la compañía pesquera no era la propietaria legal del atunero al momento de su naufragio.

Imagen 7. Demanda desestimada (SPNP vía F/A)

Cuando el proceso legal parecía haber terminado, una supuesta pista volvió a encender las dudas a nivel internacional. A principios de marzo de 1940, Grey Silva, un pescador de San Diego, California, recibió una carta de un amigo que vivía en Cristóbal, en la Zona del Canal de Panamá. Esta persona, quien había trabajado antes como operador de radio, le escribió para contarle que el misterio del Belle Isle ya estaba resuelto y que el barco se encontraba hundido en El Salvador. Según explicaba la carta, un conocido de este radiotelegrafista había volado junto a un piloto sobre el litoral salvadoreño pocos días después del “Temporalón” de junio de 1934. Al pasar a baja altura sobre el delta del río Lempa, a unas 60 millas de La Unión, divisaron los restos de un barco pesquero de unos 100 pies de largo, sumergido de costado y con una sola chimenea. Cerca de la estructura flotaban los cuerpos de siete hombres y según el testigo, en la proa se alcanzaba a leer claramente la palabra «Belle», seguida de otras letras que no pudieron descifrar por el agua. El remitente aseguraba que en su momento informaron del hallazgo a las autoridades en San Salvador.

* * *

Los atuneros de alta mar como el Belle Isle no usaban chimeneas grandes, pues contaban con escapes de motor diésel más pequeños. La descripción del vuelo junto a un piloto militar confirma que el testigo de la carta vio en realidad la barcaza fluvial de la que habló L.C. Calloway el 11 de junio de 1934. Esta confusión se originó por un fenómeno psicológico conocido como distorsión en la transmisión de rumores. (te podría interesar: https://flotilla-aerea.com/2025/10/01/un-dc-6-en-la-playa-el-cuco/). Al pasar de boca en boca entre marineros y operadores de radio desde El Salvador hasta Panamá y California, el mensaje original sufrió alteraciones crónicas: una chimenea se transformó en la prueba de un naufragio de altura y el cerebro de los testigos terminó por asimilar el nombre «Belle» en un casco completamente ajeno para intentar darle sentido a la historia.

* * *

Esta correspondencia salió a la luz pública el lunes 11 de marzo de 1940. Los abogados de una mujer llamada Marka Andrich presentaron la carta en un juzgado de Long Beach como prueba definitiva para exigir el cobro de un seguro de vida por $5,000 dólares (unos 111,000 dólares en la actualidad) a nombre del pescador desaparecido Baldo Covacevich. La compañía de seguros se negó a pagar apoyándose en una cláusula que invalidaba la póliza si el tripulante fallecía fuera de las aguas territoriales de los Estados Unidos, por lo que el supuesto informe del río Lempa se convirtió en la pieza central para desestimar el juicio.

Imagen 8. Segunda demanda desestimada (IVP vía F/A)

Muchas veces el ser humano se adentra en búsquedas incansables detrás de una verdad que cree absoluta, persiguiendo indicios en un inmenso mapa; sin embargo, al final del camino, descubre que lo único real es el enigma mismo que lo movilizó.

Desde la perspectiva técnica, no existe ninguna evidencia física o documental concluyente que demuestre que el Belle Isle haya naufragado en el mar territorial salvadoreño. A pesar de los esfuerzos, el destino final del barco atunero permanece oculto en algún cuadrante del Pacífico Oriental. Su misteriosa historia sigue sin resolverse y es muy probable que nunca se logre descifrar.

La desaparición del navío fue, ante todo, una tragedia humana. Aparte de examinar el complejo proceso de cruce de información durante los días posteriores a su extravío, el propósito fundamental de Flotilla-Aérea al redactar este artículo es recordar, casi un siglo después, a los doce marineros y el dolor de las familias que aguardaron por respuestas que el océano decidió resguardar para siempre.

Imagen 9. Tripulación del Belle Isle (F/A)

Artículo elaborado por Flotilla-Aérea vía Mario A._