Icono del sitio Flotilla Aérea

Lágrimas a 11,000 pies

Básicamente la razón por la cual, un piloto no debe volar cuando está resfriado es por la exposición de su cuerpo a los cambios de altitud, sin olvidar el malestar general, la debilidad y el riesgo de contagio. Una de las leyes de los gases ideales, la cual relaciona el volumen y la presión de una cierta cantidad de gas a temperatura constante; es la Ley de Boyle-Mariotte, la cual dice: «el volumen de un gas es inversamente proporcional a la presión». Es decir: cuando aumenta la presión, el volumen de aire disminuye, mientras que si la presión disminuye el volumen de aire aumenta.

No es difícil predecir los efectos que tiene la altitud sobre las burbujas de aire atrapadas en el organismo. Cuando un piloto vuela con caries, estando resfriado o peor aun, con sinusitis, los efectos se van agudizando proporcionalmente conforme se asciende.
La gripe, es una infección viral de las vías respiratorias altamente contagiosa. Ésta a menudo se confunde con el resfriado común, pero los síntomas suelen desarrollarse deprisa (generalmente entre 1 y 4 días después de que la persona se expone al virus) y suelen ser más fuertes que los típicos estornudos y la nariz tapada propios del resfriado. Al cabo de 5 días, la fiebre y otros síntomas suelen desparecer, aunque el alivio total llega en un plazo de una o dos semanas.

Fue hace ya varios años, todo comenzó el fin de semana anterior al vuelo, creo que fue unos de los domingos mas calurosos que recuerde. Después de aproximadamente cuarenta minutos de ejercicio cerca de la puesta del sol, mi cuerpo lógicamente, comenzó a sudar. Decidí irme a la cama temprano, el día siguiente era lunes, había que entregar servicio y luego preparar un vuelo de tiro con munición real. Pasados unos minutos después de acostarme, me invadió la incomodidad generada por el calor, para lo cual sin pensarlo dos veces ajuste el aire acondicionado a su máxima potencia. (Nota mental: A quién se le ocurre hacer eso?, considerando que soy una persona friolenta!). En la madrugada recuerdo haberme despertado por el inclemente frio dentro de la habitación donde pernoctaba; pero pudo más el sueño y lo único que hice fue adoptar la más compacta posición fetal y continuar durmiendo. Desperté únicamente con la sensación de tener la garganta reseca, entregué el servicio como de costumbre y me dirigí a preparar el vuelo. Despegamos cerca de las 1000 horas, dos aeronaves con un perfil de misión en el cual escasamente sobrepasaríamos los 3000 pies de altitud. El vuelo fue rápido, sin contratiempos y sin ninguna novedad.

Al día siguiente, nuevamente había que volar, no hace falta mencionar cual fue el motivo de la misión, lo que si les puedo decir es que se realizarían patrullas aéreas de combate sobre una ciudad importante del país. Yo estaba programado para ocupar el lado del copiloto en el Dragón 432, acompañando a uno de los Capitanes de mayor experiencia y miembro de la Escuadrilla Cuscatlán, quien a pesar de ser uno de los instructores mas exigentes, habíamos logrado entablar una gran amistad, por lo que tenia en mente que el vuelo seria bastante agradable.

A la hora del desayuno, junto a las demás tripulaciones, no percibí nada anormal. Mas tarde en el briefing tuve que cambiar de asiento, porque sentía demasiado frio al estar cerca de las ventilas del aire acondicionado. Cuando salimos a Rampa Militar fue que descubrí que algo andaba mal, al recibir con escalofríos, el cambio de temperatura de 24º C en la sala de briefing a los 31º C en la línea de vuelo.

Despegamos desde la Segunda Brigada Aérea (localizada a 100 pies sobre el nivel del mar) exactamente a las 0800 horas y el líder de la misión colocó un ascenso mantenido hasta nuestra aérea de sobrevuelo. Una vez ambientado a la temperatura de la cabina, no recuerdo haber sentido malestar alguno por debajo de los 5,000 pies (MSL). Pasando dicha altitud, comencé a sentir una presión debajo de mi ojo derecho, presión que iba en aumento conforme incrementábamos nuestra distancia vertical sobre el terreno, hasta que nivelamos a 9,000 pies MSL.

En un principio, pude lidiar con ese malestar, pero después de varios minutos en vuelo, la presión ejercida por esa burbuja de aire en expansión al interior de mi cara, ya no dejaba concentrarme, a tal grado que tuve que aflojar las cinchas de mi mascara de oxigeno, obteniendo así un alivio temporal. Aproximadamente quince minutos después, escuche por la radio la voz del líder de la formación: «Dragones, tenemos que sobrevolar unos minutos mas mientras llega el relevo. Ascendamos a 11,000 y reduzcamos potencia«. En ese momento yo ya sabía lo que iba a suceder. El 432 inicio su ascenso siguiendo al líder. Con lujo de detalles puedo recordar como la presión (y un agudo dolor) iba incrementando por cada pie que ascendíamos.

Alcanzando los 11,000 llegó el momento en el cual, la presión ejercida sobre el lagrimal era tan grande que empecé, prácticamente, a llorar únicamente por el ojo derecho. Sin pensarlo dos veces desaseguré y me quite la máscara de oxigeno, para liberar la presión que ésta ejercía en mi cara. Casi de manera instantánea escuche la voz del piloto que me dijo: «¿Hey que te pasa? ¿Querés vomitar?«, al responderle le explique el problema que tenia e inmediatamente inició un descenso gradual, después de informarle al líder de la formación lo que pasaba.

Tuvimos que esperar aproximadamente unos 15 minutos abajo de 9,000 pies mientras llegaba la otra formación que nos relevaría en la zona; posteriormente, iniciamos el retorno hacia Comalapa. Durante el trayecto de retorno, el malestar iba desapareciendo casi por arte de magia. Sigo teniendo bien presentes las palabras que me dijo el piloto: «Deja de llorar…ya nos vamos de regreso, vamos a hacer un descenso tranquilo para que te vayas ambientando ois, si se te empeora el dolor me avisas ok?». Conforme perdíamos altitud, empecé a sentir como la presión iba disminuyendo, mientras trataba de despejar los conductos obstruidos en mi cabeza masticando un pedazo de papel.

Por debajo de los 5,000 pies, ya no sentía la presión, el dolor había desaparecido y mi llanto había cesado aunque todavía sentía un ligero malestar. Aterrizamos en la Base sin ningún contratiempo, me baje del avión únicamente con la sensación de tener la nariz y el oído derecho tapado, la mejilla derecha húmeda aun y con mi orgullo un poco golpeado por ese llanto a gran altitud, además de la respectiva reprimenda de mi instructor por no haberle avisado de mi estado desde que comencé a sentir el malestar. Volví a subirme a una aeronave quince días después, cuando todos los síntomas del resfrío ya habían desaparecido y con la respectiva aprobación del medico de aviación…en fin, una experiencia para no volver a repetir.

B7.

Salir de la versión móvil